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Eva Milla
Directora del Centro Vilem
4 min de lectura · Sucesos
Sucesos · Psicología

Un incendio no termina cuando se apagan las llamas. Lo que ocurre durante la espera — esa angustia sin reloj, esa incertidumbre que avanza como el humo — puede dejar una huella psicológica real. Eva Milla, directora del Centro Vilem, lo explica desde dentro.

Humo en el cielo de Madrid por los incendios
Humo en el cielo de Madrid durante los incendios — Europa Press

¿Por qué la espera durante un incendio es tan devastadora psicológicamente?

Existe una forma de espera que no se parece a ninguna otra. Es una espera que no tiene reloj, que no entiende de horas. Que empieza cuando ves una columna de humo en el horizonte y termina... cuando aún no sabes cuándo termina.

Porque el fuego tiene una capacidad extraña: no solo avanza por el monte. También entra en la cabeza. Sales a la puerta y miras siempre hacia el mismo sitio. Intentas adivinar la dirección del viento. Buscas noticias de forma casi adictiva. Y vuelves a entrar. Y vuelves a salir. Como si mirar pudiera cambiar algo. Y no cambia nada.

«El verdadero enemigo no siempre son las llamas. Es la incertidumbre. El cerebro lleva muy mal no saber.»

¿Qué le ocurre al cerebro cuando no puede anticipar el desenlace?

El cerebro está preparado para afrontar problemas, incluso para soportar malas noticias. Lo que realmente le desorganiza es no poder anticipar el desenlace. Cuando no tenemos respuestas, la mente empieza a fabricar escenarios. Y casi siempre fabrica el peor.

La principal reacción es la negación — «no puede estar ocurriéndome a mí» — seguida del vacío: «y si ocurre, mañana qué». Mientras tanto, el cuerpo permanece en un estado de alerta que consume enormes recursos emocionales aunque exteriormente todo parezca normal: coches que pasan, niños que juegan, el supermercado abierto como cualquier día.

Las reacciones más frecuentes durante esta espera son:

  • Búsqueda compulsiva de información
  • Dificultad para hacer vida normal
  • Pensamiento catastrófico automático
  • Hipervigilancia hacia señales del entorno
  • Sensación de irrealidad o extrañeza
  • Agotamiento emocional sin causa aparente

¿Por qué el fuego amenaza algo más que una vivienda?

Una casa nunca ha sido solo una casa. Es el dibujo que hizo tu hijo y que sigue guardado en un cajón. Es la marca en la pared que nunca llegaste a pintar. Es el árbol que plantaste hace años y que ya da sombra en verano. Es el sofá donde lloraste una pérdida y también donde celebraste una buena noticia.

Cuando el fuego amenaza una vivienda, no amenaza ladrillos. Amenaza recuerdos y la sensación de pertenecer a un lugar. Por eso esta experiencia activa respuestas emocionales tan intensas aunque todavía no haya ocurrido ningún daño real.

«Cuando uno cree que puede perderlo todo, empieza a distinguir lo que realmente importa. Ya no piensas en el coche. Piensas en las personas.»

¿Qué enseña esta experiencia sobre el control y la vulnerabilidad?

Vivimos convencidos de que controlamos nuestras vidas. Hacemos planes, organizamos vacaciones, firmamos hipotecas, decidimos qué haremos dentro de cinco años. Y basta una chispa para recordarnos que la naturaleza no firma nuestros calendarios.

Ese descubrimiento asusta, pero también enseña. El fuego tiene esa extraña capacidad de reducir la vida a lo simple: a lo que realmente importa, a las personas, a querer que quienes te rodean estén bien. Es una de las experiencias más humildes, más vulnerables y, paradójicamente, más humanas que puede vivir una persona.

Quien ha esperado mientras el fuego decidía sabe ya algo que no sabía antes: que un hogar no es el sitio donde guardamos nuestras cosas. Es el lugar seguro donde regresamos cada día. Es terrible descubrir que eso puede depender de un cambio de viento.

Preguntas frecuentes sobre el impacto psicológico de los incendios

Completamente normal. El cerebro no distingue entre amenaza real e inminente: activa los mismos mecanismos de alerta ante la posibilidad de perder algo que considera fundamental. La incertidumbre, de hecho, puede ser más agotadora que la propia certeza de un daño.

Sí. Aunque la casa no llegue a quemarse, la experiencia de espera intensa puede dejar síntomas de estrés agudo o, en algunos casos, desarrollarse en un trastorno de estrés postraumático (TEPT). Es especialmente frecuente en personas que ya tenían una historia previa de trauma o ansiedad elevada.

Lo más importante es no minimizar la experiencia. Frases como «menos mal que no pasó nada» pueden invalidar el sufrimiento real de quien vivió la espera. Acompañar, escuchar sin juzgar y permitir que la persona hable de lo que sintió — aunque el peligro ya haya pasado — es lo que más ayuda en estos momentos.

Si pasadas dos o tres semanas persisten el insomnio, las pesadillas, la hipervigilancia, la dificultad para concentrarse o la sensación de que el peligro sigue presente, es recomendable consultar con un profesional de salud mental. Una intervención temprana puede evitar que el estrés agudo se cronifique.

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Eva Milla

Directora del Centro Vilem

Dirige el Centro Vilem y está especializada en el impacto psicológico de situaciones de crisis, catástrofes y experiencias traumáticas.

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